El fin del 2020 provocó diferentes reflexiones. Repensamos nuestra vida personal (quizá por lo cotidiana que se ha vuelto la muerte), y también la profesional ya que muchos aprendimos a dar clases desde una computadora, a través de mensajes de Whatsapp o valiéndonos de innumerables medios y recursos electrónicos .
Sin embargo, los docentes que alguna vez
hemos trabajado con estudiantes de quinto de secundaria sabemos que la despedida
de las promociones es especial. Nos enternecemos
quizá debido a que nos recuerda a nosotros a esa misma edad.
No obstante, un análisis menos
sentimental de los egresados de la escuela pública nos oprimirá el corazón.
Esto porque la mayoría está siendo arrojada a una crisis sanitaria y económica
terrible. Además, debido que la situación de pobreza de muchas familias no permitirá que estos jóvenes reciban educación técnica ni superior. La consecuencia lógica y triste será la
repetición de un ciclo de pobreza de cuál el Estado es el gran responsable.
Por supuesto, cuando se trata de
criticar a la escuela pública los primeros ajusticiados solemos ser los
docentes. Los adjetivos ya los conocemos
y creo que durante muchos años los llevamos con estoicismo. Pero responder a
los insultos o caer en la confrontación es algo que no aporta soluciones.
En cambio, la reflexión sobre el rol que
jugamos en la vida económica de nuestros estudiantes sí es
importante. Hacernos preguntas como ¿lo que enseñamos les ayudará a encontrar
mejores oportunidades laborales? O al terminar quinto, ¿poseerán una cultura de
innovación que les permita crear nuevas tecnologías o servicios para salir de
la pobreza? Creo que lamentablemente la
respuesta es no.
Una estrategia para encarar esta
coyuntura es el desarrollo de las competencias transversales: gestiona su
aprendizaje de manera autónoma y se desenvuelve en entornos virtuales.
La primera porque el autoaprendizaje los pondrá en contacto de manera estratégica con el conocimiento. Aprenderán por sí mismos utilizando los pocos o muchos medios que dispongan.
Si cada una de nuestras sesiones se convierte en un reto de autoaprendizaje,
entonces los estudiantes más vulnerables, cuando ya no tengan a sus
profesores del colegio y no puedan pagar a otros, serán sus propios maestros y quizá se enseñen alguna habilidad con demanda laboral para mejorar su situación económica.
La segunda de las competencias, la relacionada
con los entornos virtuales, los preparará para acceder a un conocimiento útil, actualizado y
valioso a través de los muchos
repositorios gratuitos o de paga, programas o aplicaciones que, en comparación con institutos o
universidades, son muy económicos. Así usarán la
tecnología para algo más que jugar y entretenerse con las redes sociales.
En conclusión, considero que el trabajo
pedagógico serio en estas dos competencias brindarán herramientas que no van a salvar de la situación económica tan difícil que atraviesan muchos de nuestros estudiantes y
sus familias; pero sí los pueden ayudar para no ser siempre la mano de obra
joven y barata que los inescrupulosos explotan.

Te felicito, por ese análisis breve de esas competencias, sin embargo, considero que antes que nuestros y nuestras estudiantes lo logren, deberíamos empezar por nosotros mismos,haciéndonos la siguiente pregunta ¿Estamos realmente preparados para evaluar las competencias 28 y 29?
ResponderEliminarConcuerdo contigo, creo que es importante analizar el nivel de desarrollo de esas competencias en nosotros mismos. Así podremos trabajar en corregir nuestras debilidades y potenciar nuestras fortalezas.
ResponderEliminarInteresante información que lleva a la reflexión. Gracias por su aporte profesor Andrés.
ResponderEliminarMuchas gracias por sus palabras. Me motivan a seguir escribiendo.
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