Por Andrés Agüero
Las evaluaciones son quizá uno de
los momentos más temidos por los estudiantes y el procesamiento de la
información uno de los más tediosos para los docentes. Resolver un examen o una prueba y el revisar
las respuestas es, tradicionalmente, la parte menos divertida del proceso
educativo.
Durante la pandemia covid19 hemos
observado que el principal aliado de la evaluación tradicional, la vigilancia
de los profesores se ha desvanecido. En
esta dinámica de educación remota los docentes no podemos verificar que los
estudiantes no se valgan de libros, anotaciones, ordenadores u otras personas
que les digan las respuestas correctas. Y los profesores no podemos hacer nada
contra eso.
La respuesta a esta coyuntura debe
ser, por supuesto, modernizar la evaluación tradicional. Esto implica un cambio de paradigma
evaluativo que viene ocurriendo desde hace ya varios años. Muchas instituciones educativas (incluyendo
las escuelas públicas) han optado por modelos de evaluación basada en el diseño
de productos que obligan al estudiante a poner en juego diversas competencias.
Asimismo, se ha optado por
diferenciar claramente la evaluación sumativa de la formativa. La primera es aquella que es una simple
descripción numérica o literal que, se supone, refleja el rendimiento de los
estudiantes (como se evaluaba en la vieja escuela). La segunda es una descripción referida a
desempeños que están vinculados a la competencia que un estudiante debe de
lograr. Decirle de manera clara qué es aquello que ha logrado y qué aspectos
todavía debe trabajar para mejorar sus desempeños.
Por supuesto estas dos caras de
la evaluación hace muchas veces que el proceso sea bastante complejo y difícil
de realizar de manera presencial, mucho más si tiene que hacerse en la
modalidad remota en la que venimos trabajando en el contexto actual.
Por ello, consideramos que es
necesario seguir algunos procesos para que la evaluación formativa no sea un
conjunto de trabajos arduos e infructuosos. Recuerde que este tipo de
evaluación implica un cambio cultural debido a que los estudiantes, los padres
de familia y nosotros mismos hemos crecido con un paradigma de evaluación
diferente.
1. Alinee el proceso de evaluación a las competencias. Recuerde que la evaluación no consiste en colocar unos ejercicios sobre un tema y pedirles a los estudiantes que los resuelvan o mandarlos a realizar un trabajo que usted evaluará sin criterios claros. Los indicadores o desempeños que usted va a pedir deben estar relacionados con la competencia que va a trabajar. Esto implica que usted ha realizado una planificación anterior y tiene definidas las competencias, capacidades y desempeños que va a trabajar con sus estudiantes.
2. Explique a los estudiantes qué producto van a diseñar y cómo se va a evaluar este producto. Es necesario que los estudiantes tengan claro qué producto van a diseñar y qué características debe tener este producto. De esa manera se fijan los criterios de evaluación desde antes de empezar a realizar el trabajo. Esto evitará criterios subjetivos al momento de evaluar y que los instrumentos de evaluación deben ser entendidos principalmente por los estudiantes.
3. Comunique a los padres la manera en que se realizará la evaluación. Los padres de familia deben ser los aliados más importantes en el proceso educativo. Se les debe explicar a muchos que la evaluación es distinta. Lo que se evalúa es aquellos criterios que están fijados con anterioridad en el instrumento elegido. De esta manera, ellos no estarán inquietos ni tendrán incertidumbre acerca de las calificaciones de los estudiantes.
4. Explique que las evaluaciones tienen principalmente un carácter formativo. Es importante comunicar que si un estudiante obtiene un desempeño no satisfactorio no significa que sea un mal estudiante ni que todo su trabajo esté mal realizado, sino que hay aspectos que tiene que mejorar y que otras actividades le permitirán volver a utilizar las competencias evaluadas. Por ejemplo, si un estudiante no utilizó adecuadamente las imágenes que deben componer un tríptico, o no logró expresar de manera correcta en expresiones matemáticas un determinado problema, otras actividades futuras le permitirán utilizar su competencia de manera adecuada.
5. Brinde retroalimentación de manera oportuna. Es necesario que los estudiantes que tengan dudas o que no estén realizando los procesos de acuerdo con las indicaciones brindadas reciban preguntas del docente que puedan ayudarlos a reflexionar acerca de si están realizando el trabajo según los indicadores dados.
6. Comunique da manera oportuna y asertiva los resultados de la evaluación. Es importante que cuando se ha terminado el periodo para diseñar el producto (que puede implicar más de una sesión) se realice una evaluación y que los estudiantes reciban los resultados que han logrado. Es importante no disfrazar los resultados. No hay nada más dañino que mentirle a una persona acerca de sus resultados, si no sabe en qué falló entonces no tendrá la oportunidad de corregirse. Por supuesto, hay que comunicarse con mucho tacto, recordemos que todos estamos aprendiendo y que nuestros procesos y productos no son perfectos, siempre lo podemos hacer mejor.
7. Fomente una cultura de “he ganado un error”. Castigar el error ha sido la manera tradicional de enseñar. Darle un castigo o nota desaprobatoria para quien no logró el objetivo no solo ahuyenta a los estudiantes de querer seguir participando del curso, sino que también no les dice nada acerca de en qué aspectos de su desempeño deben de corregir. Aliente el error, pero el error que es descubierto por los mismos estudiantes, en términos bíblicos, pídales que encuentren la paja en su propio ojo.
8. Valore el trabajo duro y la responsabilidad. La evaluación formativa no significa, de ninguna manera, que se premie la irresponsabilidad y la indiferencia con el trabajo. Si, como docentes, permitimos que quienes se esfuerzan obtengan las mismas consecuencias que quienes se muestran indiferentes entonces desanimaremos a aquello que trabajan con responsabilidad y ahínco. Por supuesto, si un estudiante no quiere realizar las actividades es muy probable que el curso no sea el problema, que exista algún factor que no identificamos, pero esto no puede eximir de responsabilidad a los estudiantes. Ellos deben aprender que el trabajo duro se recompensa y que toda acción trae una consecuencia. No abandonemos este aspecto del viejo paradigma.
9. Evalúe su proceso de evaluación. Recuerde que al terminar el trabajo usted también debe de evaluar su proceso. Determine cuántos estudiantes lograron el nivel destacado, el satisfactorio, el de proceso y el de inicio. Pregúntense si las actividades que planteó y las características que debía tener el producto eran adecuadas para el nivel de desarrollo de sus estudiantes, quizá deba disminuir la demanda cognitiva o aumentarla. Estas decisiones solo pueden tomarse si se realiza un proceso de evaluación consciente.
Lo peor que podemos hacer los docentes es resignarnos a evaluar de manera tradicional. Ese tipo de evaluación favorece el plagio (que es una de las formas más tristes de corrupción) el desánimo de los estudiantes, el aburrimiento en los docentes y la desorientación de los padres.
La evaluación es uno de los motores del cambio del sistema educativo. El proceso es lento y arduo porque implica un cambio cultural, pero vale la pena. Cuando los estudiantes se acostumbran a que no serán evaluados con un examen tradicional, cuando tienen que realizar un proyecto que implica tecnología o nuevas herramientas poco a poco asumen una postura activa en su aprendizaje.
Por último, no se abrume si al primer intento las cosas no salen bien. Recuerde que, aunque es profesor, usted también está aprendiendo y se va a equivocar. Y, como dicen los españoles, no pasa nada, siempre se puede volver a empezar.

